Ella pensó en el día en que nació su primer hijo. Tanta felicidad, tanta emoción. -Ahí quiero volver- Se dijo a si misma.
Abrió los ojos y estaba en un malecón, reconoció el lugar inmediatamente era el malecón de Miraflores. Cuantos recuerdos, cervezas, risas, besos, charlas, Cuantas cosas felices que había en ese lugar. Recordó como sus niños corrieron por aquel pasto, como les enseñó a montar bicicleta, los domingos familiares, los picnics con las amigas, miles de flashbacks vinieron a su mente mientras sonreía.
Agachó la mirada hacia sus manos, las arrugas se habían ido y las tenía tersas como si recién las hubiera humectado con alguna crema, las uñas las llevaba pintadas de un color vino intenso que contrastaba a la perfección con aquella tes blanca, sin manchas ni lunares molestos. - Cuanto tiempo ha pasado - Pensó.
La neblina estaba densa como solía estarlo en invierno. Sentía la brisa salada en su rostro, estaba feliz, contenta de haber caído en aquel malecón. Así quería despedir su vida.
Siguío avanzando y a lo lejos vio la silueta de una persona sentada en una banca que le atrajo. Mientras se acercaba pudo divisar mejor la silueta. Era un hombre, vestía joven con una camisa y un jean. Un look medio despreocupado. Llevaba el cabello corto, cómo trinchullo. Cuanto más se acercaba sentía más emoción. Su piel comenzó a erizarse y su rostro se tensó en un pequeño escalofrío que aceleraba su respiración y la hacía tragar saliva y fruncir el ceño. Aún así no podía dejar de acercarse. Era una atracción inexplicable, casi ilógica, poco a poco todo fue desapareciendo, la gente, los perros, los niños que andaban por ahí corriendo, todo se fue hasta quedar sólo los dos. Con temor estiró su mano y trató de llamar la atención de aquel joven, tocándole el hombro. Él volteó.
Sus ojos se llenaron de lagrimas y su corazón comenzó a temblar. -Ha pasado tanto tiempo- pensó. Era él, Tomás, aquel amor de 20 y tantos. Aquel que perdió alguna vez. -¿Entonces esto es? ¿Eres tú lo que le debo a la vida? ¿Mi último día contigo?- Le habló al cielo. Él se hizo a un lado y la invitó a sentarse. Le agarro la mano y con una sonrisa en el rostro le dio un beso en la mejilla. -No quiero irme- Dijo ella.
- ¿Amor estás bien? ¿Irte a dónde? si acabas de llegar oye monce - Le dijo él.
Ella se sentía confundida, se quedó callada. Ahogando sus dudas y sólo le sonrió nerviosa.
- Ay amor, estás loquita. Ya vamos por unas chelas que les he dicho a mis patas para hacerla más tarde en casa de Renzo. Así cómo que previamos un toque, vamos a recoger a los chicos y caemos en la noche. Nos hacemos un ron y te quedas a dormir hoy conmigo. Ya hablé con mi mamá ¿Te parece? - Dijo él
Ella sólo aceptó con la cabeza. No podía creerlo. Estaba viviendo de nuevo aquella historia de amor. No podía dejar de mirarlo. - Ha pasado tanto tiempo- Pensó. Tanto tiempo sin ver aquellos ojos hermosos, ver como se arruga su rostro cuando se ríe, aquella barba frondosa bien cuidada, aquellos labios. Era él. Volvió a escuchar su risa después de más de 60 años. -¿Por qué nunca lo volví a buscar? ¿Por qué lo dejé escapar así?- Se decía a si misma.
Subieron al auto y ella no podía quitarle los ojos de encima. Era un sueño estar de nuevo a su lado, volver a ver aquel auto, tantos recuerdos. No podía pensar en otra cosa más que en la felicidad que sentía en ese momento. -¿Cuánto tiempo durará esto? ¡Mierda! Debo aprovechar cada segundo- Se dijo a si misma.
- Amor, se que no he sido la mejor enamorada pero quiero decirte que te amo. Se que he sido complicada y he tenido un carácter horrible, pero eres lo mejor que me ha pasado. El amor más feliz que he sentido, el hombre más maravilloso. Por favor, nunca lo olvides. Yo te amo - Le dijo sosteniendo su mano fuerte y soltando un par de lágrimas.
- ¿Amor estas bien? ¿Por qué lloras? ¿Ha pasado algo? Yo también te amo, siempre vamos a estar juntos. Eres lo mejor que me ha podido pasar mi Vale hermosa- Le dijo confundido mientras secaba sus lagrimas.
Ella explotó en llanto. Esto era demasiado. Ella sabía que no iban a quedarse juntos que todo esto era un sueño de lo más raro, ya no quería seguir torturándose con el pasado. No sabía que hacía ahí. Ella había tenido otros momentos de felicidad en los últimos 60 años. ¿Por qué volver a este? ¿Por qué volver a aquel amor que se fue? Se perdió, ya no existe. -Las personas deben seguir adelante y yo seguí sin él. Fui feliz- Pensó. Seguía hablando con ella misma - No sé que hago acá. ¿Que se supone que deba hacer? ¿Se supone que debo arreglar nuestra relación para poder irme en paz?- Salió del auto molesta. No podía más con este asunto. Quería entender pero no encontraba lógica alguna. Tomás salió detrás de ella.
Valentina se agarraba la cabeza y renegaba hacia el viento. Era su costumbre hablar sola pero esta vez se puso a gritarle al cielo cómo una desquiciada: "¡¿Que mierda quieres que haga?! ¡¿Dime que hago aquí?! ¡Puta madre!"
- Ok, Valentina, pensemos. Sabes que esta relación fue un error. No debiste comenzarla, pero luego te enamoraste como real cojuda que eres y todo se fue a la mierda. ¿Por qué? Porque la cagaste como siempre lo haces. Lo trataste mal, no debiste. ¡Puta madre! ¡Esto ya estaba bien enterrado! - Hablaba consigo misma, mientras Tomás la perseguía por todo el malecón.
- ¡Valentina espera! - Gritaba Tomás.
Valentina voltea. -Mierda me había olvidado que estabas aquí- Le dice ella.
Tomás: Amor, no se que pasa en serio pero podemos conversarlo en el carro. ¿Te ha incomodado algo? Cuéntame
Valentina: No, para nada. Tú estás bien. No has hecho nada, Ok. Nada. Sólo que es muy difícil de explicar esta mierda. Te aseguro que si te digo me creerías loca.
Tomás: Tú ya estas loquita, amor. Dime que pasa.
Valentina sonrió - Ya había olvidado cómo tenías una respuesta para todo, siempre una solución para todo. El chico solución eres-
- Ya me conoces, amor. Ven vamos por unas chelas - Le dijo Tomás mientras cogía su mano de vuelta al carro.
Por alguna razón todo en Valentina se calmó. En ese momento no pensó en el propósito, ni en el objetivo de esta visita, sólo se dispuso a disfrutar de la compañía de Tomás por última vez. Sintió que si estas eran las últimas horas que su subconsciente habían escogido, eran por algo. No lo iba a estropear con dudas tontas ni mucho menos haciendo enojar a Tomás. Estaba ahí. Era él y por unos segundos sentía que era real.
Subieron al carro y Valentina puso una antigua estación de radio que siempre solían escuchar en los viajes largos por el malecón. Aún se acordaba las canciones y las comenzó a cantar a todo pulmón emocionada, mientras Tomás la miraba enamorado. Ella estaba feliz, era feliz y sólo eso importaba.
Aquel día, Valentina fallece a la edad de 83 años. Muchas personas, amigos y familiares fueron a su velorio. Se le veía tan bella con un vestido escogido por su hija Bianca y con perlas compradas por su esposo. Las flores de la recepción eran girasoles, sus favoritas y en la mesa se servían alfajores cómo ella los comía por las tardes cuando leía un libro. El vino que se sirvió aquel día era tinto cómo solía tomarlo y la música que sonaba era el jazz que ella adoraba escuchar. Todo estaba decorado de su esencia y su carisma, porque así quería ser recordada. Entre los asistentes estaban viejas amistades de su juventud, algunos amigos de la universidad, del barrio, aquellos amigos de la vida, su hermana menor y su prima favorita. Todos estaban ahí para acompañarla en su despedida.
Sin embargo, Valentina nunca pudo enterarse de ello. Jamás supo de los girasoles, ni de lo que gastó su esposo en las perlas, no pudo ver como las personas comían los alfajores, ni degustaban el vino, jamás supo si les agradó el jazz que tocaron ni pudo saber quien de sus amigos fue a despedirla. Ella estaba en la eternidad junto a un amor que no pudo tener en esa vida. Ella estaba feliz, riéndose y tomando unas cervezas junto a la risa que ella amaba y a los ojos que ella hubiera querido ver todos los días al despertar. Mientras que las personas la lloraban en un cajón, ella estaba libre como la brisa del malecón, cantando su música a todo pulmón, yendo rápido por la carretera, despeinándose el cabello y cogiendo la mano del hombre que amaba.
Ella estaba feliz, hacía el amor por las noches y se levantaba temprano a prepararle el desayuno. Ella estuvo sentada en la graduación de Tomás y lo ayudó a abrir su propio negocio. Fundaron un bar juntos dónde ambos tocaban y cantaban a todo pulmón. Su único llanto fue cuando en aquel malecón, él le pidió matrimonio unos 4 años después y 2 años más tarde tuvieron a su primera niña, Bianca Valentina a quien vieron crecer y convertirse en todo lo que ellos quisieron. Envejecieron juntos entre vinos, chelas y canciones. Era tan dichosa su eternidad, tanto que jamás pudo sentir la mirada de Tomás, llorando a través del vidrio cuando se acerco a verla en su funeral. Valentina jamás supo que murió, incluso pasó tanto tiempo en aquella eternidad que se olvidó de que alguna vez tuvo una vida en la que Tomás no estaba con ella. Para ella esa eternidad era la única que había existido. La única que valía la pena recordar, la que ella eligió para vivir por siempre.
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